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domingo, 26 de julio de 2009

ESCRACHE A LA EMBAJADA DE PERU

ESCRACHE A LA EMBAJADA DE PERU Por Juan - Saturday, Jul. 25, 2009 at 4:51 AM
Convocamos a una concentración el día Lunes 27 de julio a las 17:00 en Figueroa Alcorta y Pueyrredón para marchar hacia la embajada de Perú ubicada en Av. del Libertador 1720, Capital Federal.
Convoca: Comité Solidario Latinoamericano
¡¡La selva no se vende!!
¡¡La selva se defiende!!
El libreto ya estaba marcado: En el Congreso, el debate por la derogatoria del ominoso
Decreto Legislativo 1090 (Ley Forestal y de Fauna Silvestre), que buscan barrer con las comunidades nativas de Bagua mediante la venta de sus territorios,
la contaminación de su flora y fauna, y la privatización del uso del agua en favor los intereses de las transnacionales depredadoras del medio ambiente, fue suspendido el jueves 4 de junio por la votación mayoritaria de la bancada aprista. Para el día siguiente ya se alistaba en las oficinas de la Procuraduría del Ministerio de Justicia, la orden de detención contra el principal dirigente de la AIDESEP (Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana), el compañero nativo Alberto Pizango, principal vocero de los "apus" de las comunidades originarias en pié de lucha.
Y ese mismo día, en horas de la madrugada, la Policía Nacional del Perú, a través de un contingente de 639 efectivos de la DINOES (División Nacional de Operaciones Especiales), cuerpo especial armado hasta los dientes y especializados en tácticas antiguerrillera, empezó el ataque a la población civil sublevada que costo aproximadamente 900 desaparecidos de los pueblos originarios.
La derecha peruana, con la vergonzante comparsa del periodismo burgués, se rasga hoy las vestiduras "lamentando" la muerte de casi una docena de policías de la DINOES a manos del pueblo, que respondió así al primer gran zarpazo con el ametrallamiento y bombardeo desde helicópteros y por vía terrestre. Ahora los políticos burgueses exigen la mayor sanción posible y que se respete el "principio de autoridad". Es decir, piden mayor genocidio y despojo contra el pueblo que protesta por sus derechos. Si bien esta tragedia logró la derogación de los decreto ley 1090 (Ley Forestal y de Fauna Silvestre) y 1064 (régimen jurídico para el aprovechamiento de las tierras de uso agrario), la lucha no a terminado. Alan García, mediante el genocidio en Bagua, creyó que el pueblo peruano no iba a reaccionar, pero no fue así. La solidaridad con la lucha de los hermanos amazónicos contra la represión cruenta de la que han sido víctimas, ha constituido esa chispa que ha incendiado la pradera de las provincias del Perú. Cientos de miles de campesinos desde la selva a la sierra, del norte al centro y sur del Perú, se movilizan contra el gobierno aprista genocida, reaccionario y Pro imperialista. Las comunidades campesinas, los gremios populares y sindicales a nivel nacional demandan la anulación definitiva de las concesiones mineras y la derogatoria de los Decretos Legislativos para la implementación del TLC con EE.UU. (D.L. 1082, 1023,1024, 1025, 1026, 1057) firmado por el gobierno de Alan García, que ha puesto en subasta el destino del pueblo peruano. Sólo en las diversas formas de lucha defensiva de las clases populares podrán quebrar los planes del Estado capitalista. En vano el gobierno pretende atribuir las protestas a la “injerencia extranjera”. Esta es una nueva mentira del aprismo para justificar su carácter reaccionario y encubrir sus masacres. Debemos señalar que en esta jornada de lucha, la temática ya sobrepasa la lucha de los amazónicos y abarca a los campesinos de la sierra (Andahuaylas y Cusco), a los comuneros de Puno, los obreros mineros de La Oroya (Junín), los trabajadores azucareros del norte (Lambayeque) y las demás comunidades que se están plegando a la lucha en todo Perú.
Es decir, el llamamiento es a la activa Solidaridad Internacional con los Pueblos y Comunidades en Lucha del Perú. Nuestro llamado es a estar atentos al ejemplo de lucha de nuestros hermanos del Perú, promoviendo la solidaridad, el apoyo mutuo entre aquellos que somos presas de un enemigo común. Hacemos un llamado a estar informado, a no dejar impunes las acciones criminales del Estado contra los movimientos populares y, por sobre todo, a seguir el ejemplo de dignidad y lucha de nuestros compañeros, hoy en pie de guerra contra el capitalismo en su forma neoliberal.
Llamamos a descubrir que, finalmente, el capitalismo oprime y explota por sobre las diferencias raciales, étnicas, sexuales, o de cualquier otro tipo.
Por todo eso convocamos a todas las organizaciones sociales, partidos políticos, organismos de DDHH, agrupaciones sindicales y personalidades a solidarizarse con nuestros hermanos que están luchando en Perú.
En este sentido, convocamos a una concentración el día Lunes 27 de julio a las 17:00 hs. en Figueroa Alcorta y Pueyrredón para marchar hacia la embajada de Perú ubicada en Av. del Libertador 1720,Capital Federal.
Convoca: Comité Solidario Latinoamericano.
¡¡Solidaridad Mundial con las Luchas del Pueblo del Perú!!
¡Derogatoria inmediata de los Decretos Legislativos que atentan contra la soberanía de los pueblos indígenas!
¡Por la libertad y defensa del pensamiento, cultura y autodeterminación de todos los pueblos del mundo!
¡Contra el autoritarismo del Estado a organizarse y luchar desde las bases!
¡Abajo el TLC y demás tratados comerciales capitalistas!
¡Fuera transnacionales imperialistas y bases militares yanquis de Latinoamérica!
¡Alto a la criminalización de la protesta y libertad inmediata a los presos por luchar por sus Derechos y los del Pueblo Peruano!

sábado, 25 de julio de 2009

HONDURAS: REPRESION EN LA FRONTERA "LAS MANOS" DONDE LLEGARIA ZELAYA...

Honduras: Se desató la represión en la zona fronteriza de Las Manos adonde llegaría Zelaya Los anillos de seguridad no dejan transitar vehículos que se dirigen a la concentración en la frontera. Los retenes militares detienen a la gente. Kaos. América Latina Hoy 18:44
www.kaosenlared.net/noticia/honduras-desato-represion-zona-fronteriza-manos-adonde-llegaria-zelaya Radio Global Honduras. Fuerzas militares han desatado la represión violenta a través de bombas lacrimógenas y cargas contra la gente en esa localidad a la que debería llegar Zelaya. Hay gente herida y piden ambulancias.
Se escuchan los gritos de la gente insultando a Goriletti y es unánime el apoyo a Zelaya.
URGENTE. Golpistas decretan Toque de Queda en departamentos fronterizos en 25 minutos
El gobierno golpista por cadena nacional acaba de anunciar el toque de queda en los sectores fronterizos a partir de las 12 del mediodía (20 horas hora estado español). Esto pone en riesgo a la población que se moviliza. Kaos América Latina siguiendo transmisiones de Radio Honduras y radio Liberada
En Tegucigalpa están tomadas varias empresas del estado, sindicatos, carreteras, paro total de transporte, calles desiertas y sin actividad salvo por la gente que está marchando a la frontera para recibir a Zelaya. Por otra parte, hay aviones de la fuerza aérea hondureña que sobrevuelan sector fronterizo (aviones Tucanos) para intentan dar un mensaje a la resistencia popular amenazando acerca de posibles acciones represivas contundentes contra la gente que se encuentra marchando y ya apostada en la frontera.
Oyentes de Radio Globo Honduras, denuncias que no solo paran el tránsito de las personas que se dirigen a la zona oriental, sino que detiene a los conductores de los autobuses y otros medios de transporte. Se llama a la solidaridad para con la gente que se está movilizando para que se les de agua, comida o asistencia, ya que muchos de ellos están caminando desde ayer a la mañana para poder llegar hasta allí.
Honduras: Movimientos sociales rompen cerco policial y siguen su paso Telesur.
Los anillos de seguridad no dejan transitar vehículos que se dirigen a la concentración en la frontera. Desde el departamento del Paraíso fronterizo con Nicaragua, manifestantes denunciaron: "los retenes militares los tenemos que evadir, la policía nos da paso en algunos casos". "Un policía vestido de civil dentro de la manifestación nos amenazó", dijo uno de los protestantes Los movimientos sociales rompieron este viernes el e bloqueo policial que se mantenía en el departamento de Paraíso en Honduras y continuaron su paso hacia la frontera con Nicaragua con el fin de recibir al presidente constitucional Manuel Zelaya. Las fuerzas militares se vieron obligadas a retroceder tras la cantidad de personas que se concentraron en este punto y los manifestantes decidieron no enfrentarlos y cruzar por las montañas aledañas donde hay varios caseríos.
TeleSUR comprobó, a través de su reportera Madelein García, que los oficiales bloquearon con bolsas de areno y otros obstáculos la carreteras para que los vehículos no pudieran continuar hacia la línea divisoria entre las dos naciones. El Ejército de facto de Honduras mantiene bloqueada la frontera con Nicaragua, mientras los movimientos sociales esperan encontrarse este viernes con el presidente legítimo y constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, en el departamento del Paraíso. Madeleine García obtuvo diversas entrevistas con los hondureños que se encontraban a la espera de Zelaya y todos reclamaban una libre movilización para recibir a su jefe de Estado, mientras más de cinco retenes de policías y militares fácticos se encontraban a escasos diez minutos de la frontera de Las Manos.
Aunque el toque de queda que impuso el gobierno golpista de Roberto Micheletti es de 22H00 locales (04H00 GMT) hasta las 06H00 de la mañana (12H00 GMT) (este viernes ya adelantado a las 16h00 locales y 19h00 GMT)los anillos de seguridad no dejan transitar vehículos que se dirigen a la concentración en la frontera. Paralelamente, se cumple en el país centroamericano el segundo día de un paro general que mantienen tres centrales sindicales de ese país en el sector estatal, apoyado con bloqueos de carreteras de las fuerzas populares que repudian el golpe de Estado, y esperan el retorno del presidente Manuel Zelaya. El país se mantuvo paralizado este jueves durante varias horas por los cierres de rutas estratégicas por parte de los manifestantes, afirmó a la agencia de noticias cubana Prensa Latina el dirigente obrero Juan Barahona. El presidente de la Federación Unitaria de Trabajadores, Juan Barahona, ofreció un balance de la primera jornada calificada como exitosa por el dirigente, tomando en cuenta los bloqueos carreteros y la toma de varias instituciones estatales por los trabajadores.
Las acciones populares incomunicaron los principales puertos del país, tanto en la costa Atlántica como del Pacífico y a la capital con las zonas del norte de la nación. Más adelante, miles de personas comenzaron a movilizarse hacia las fronteras con Nicaragua, desde donde este jueves el presidente constitucional, Manuel Zelaya, emprendió el regreso por tierra a su patria en una caravana. Zelaya emprendió su retorno a Honduras sobre las 16H30 (20H30 GMT) acompañado por el canciller venezolano, Nicolás Maduro. El Ejército de facto de Honduras mantiene bloqueada la frontera con Nicaragua, mientras los movimientos sociales esperan encontrarse este viernes con el presidente legítimo y constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, en el departamento del Paraíso. Más temprano, durante una rueda de prensa que ofreció desde la embajada de Honduras en Managua, previa a su partida, Zelaya dijo que espera, que a su arribo, las Fuerzas Armadas "se sometan a la autoridad que el pueblo escogió" y que no se manchen las manos con la sangre de su jefe de Estado. Aseguró que su regreso será pacifico y tiene como objetivo "buscar el diálogo y que vuelva la paz a nuestro país".
Numerosas personas llamaron a Radio Globo, emisora que mantiene los micrófonos abiertos a los sectores populares, para denunciar haber sido víctimas de represión por parte de fuerzas del ejército que tratan de cerrarles el paso. Por otra parte, un nuevo problema se le presentó al gobierno de facto y promotor del golpe de Estado, que encabeza el empresario Roberto Michelleti, por el descontento de la policía por atrasos de pagos salariales, que llevaron a una huelga a agentes de una estación capitalina. El vocero oficial del cuerpo, Daniel Molina, trató de restarle importancia al asunto, al asegurar a la prensa que sólo se trata de problemas administrativos. Sin embargo, agentes entrevistados por el canal 36 de la televisión, el único con postura crítica al golpe del 28 de junio pasado, dijeron que no atenderán requerimientos mientras no sean cumplidos sus reclamos. Los problemas en ese cuerpo represivo, que incluyen al escuadrón especial Cobras, se suma al aislamiento internacional del régimen y la ola de repudio popular, que este viernes cumple su vigésimo séptima jornada.
Los dirigentes del Frente Nacional contra el Golpe de Estado subrayaron que las luchas populares proseguirían hasta la derrota de los golpistas y la restitución del orden constitucional y de Zelaya. Más información: América Latina Guerra / Criminalización / Represión

lunes, 20 de julio de 2009

PRÓLOGO A ENSAYOS ESCOGIDOS DE JOSÉ CARLOS MARIATEGUI (1956) MANUEL SCORZA

&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& MANUEL SCORZA &&&&&&&&&&&&&&&&&& PRÓLOGO &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& A ENSAYOS ESCOGIDOS DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI (1956) &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Derechos Reservados / Herederos de Manuel Scorza De esta edición / Jaime Guadalupe Bobadilla &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Como Garcilaso, como César Vallejo, como Riva Agüero, Mariátegui es uno de los pocos peruanos universales, en cuya obra se percibe el fulgor de la auténtica genialidad. Prematura, incompleta, trunca, como forzosamente tiene que ser la obra de un pensador muerto a los treinta y cinco años, José Carlos Mariátegui, sin embargo, es uno de los espíritus rectores del Perú. No sólo por la obra casi latina en claridad, sino también por su vida limpia, una de las pocas, poquísimas que no han conocido el fango en el Perú, país, en verdad, de las “vicisitudes trágicas”, cementerio de inteligencias frustradas y simientes nonatas. La vida de Mariátegui –nació el 14 de Junio de 1895– es un ejemplo esquiliano de superación de los obstáculos opuestos por una educación que no tuvo y un medio casi zoológico, donde los espíritus menos fuertes naufragan en la bohemia o el despecho. Para medirla, nada mejor que comparar la obra deletérea de Juan Croniqueur, con la madura, reflexiva, poderosa etapa final de su pensamiento. Lejos de rebajarla, crece nuestra admiración cuando se conoce este aspecto de Mariátegui, cubierto por un innecesario pudor, que olvida que toda mariposa fue larva en el pasado. Éste –publicado en la revista Renacimiento– (Quito, 1916, año 1, número 6) y que, según la nota del propio autor, “lo escribió Juan Croniqueur en el Convento de los Descalzos, donde hizo durante tres días vida mística”, ilustra elocuentemente el camino de Damasco que tuvo que recorrer Mariátegui antes de llegar al mediodía de aquel magisterio que, después de él, nadie ha ejercido en el Perú. &&&&&&&&&&&&&&&& PLEGARIA NOSTÁLGICA &&&&&&&&&&&&&& Padre nuestro que estás en los cielos / padre nuestro que estás en la harina / de la hostia candeal y divina / que es el pan de los santos anhelos. / Soy enfermo de locos desvelos / y en mi espíritu vago declina / clamor de tu dulce doctrina, / Padre nuestro que estás en los cielos. / Está lejos de mí la fragancia / de la mística fe de mi infancia / que guardaba con blanco cariño. / Siento el hondo dolor de la duda / y solloza mi cántiga muda / por el don de volver a ser niño. / La mayoría de nuestros escritores –hay un poema casi idéntico escrito por Gabriela Mistral, veinte años después– no pasan de ser Juan Croniqueurs sentimentales y timoratos, falsos hasta el meollo, artificiales hasta el cansancio. En una celebre página autobiográfica, el propio Mariátegui ha condenado aquellos “primeros tanteos de literato inficionado de decadentismo y bizantinismo”, y ha explicado cómo, después de 1918, “nauseado de política criolla”, se “orientó resueltamente hacia el socialismo”. En la conocida carta a Enrique Espinoza informa también que: “de fines de 1919 a mediados de 1923 viajé por Europa. Residí más de dos años en Italia, donde desposé una mujer y algunas ideas. Anduve por Francia, Alemania, Austria y otros países. Mi mujer y mi hijo me impidieron llegar hasta Rusia.” A su retorno al Perú, en 1926, fundó la célebre, la fundamental revista Amauta, tribuna de pensamiento renovador, no superada hasta hoy en el Perú, y quizás en América. En su época hay que situar el comienzo de sus magistrales trabajos de investigación sociológica del Perú, a los cuales aplicó, como se sabe, el método marxista. El resultado fue una serie de libros capitales para el pensamiento americano, entre los cuales son únicamente los más famosos: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, La escena contemporánea, El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy y Defensa del marxismo. Aquellos son los años más fecundos de existencia: edita Labor y organiza la Confederación General de Trabajadores del Perú; en 1928, funda el Partido Socialista (afiliado a la Tercera Internacional). Hostigado por la policía, prepara su viaje a Buenos Aires, para continuar su trabajo, cuando una recaída en la enfermedad que atormentó la mitad de su vida, le arrebató en la flor de la edad. Autodidacta, investigador de la sociología peruana, artista de veras, maestro del vivir heroico y puro, trabajador infatigable, la figura de Mariátegui ofrece una variedad de facetas. Pero es innegable que será recordado, ante todo, como introductor del marxismo en el Perú. No es necesario estar entre los corifeos del socialismo para reconocer la enorme influencia que ejerce en nuestra época. Basta contemplar el agitado, el convulso, el exasperado mundo de la postguerra. Si la expansión internacional del marxismo, si las revoluciones cumplidas bajo la égida del marxismo y el surgimiento de los Estados marxistas constituyen, como piensa Toynbee, la característica esencial del siglo XX, hay que reconocer que es a través de Mariátegui que el Perú se inserta en la corriente determinante de la centuria. Este reconocimiento es independiente del partido que se tome. Sin embargo, filosóficamente, Mariátegui no es un marxista ortodoxo. Mientras Jorge Plejanov, en su Crítica del sindicalismo, refutó y rechazó en bloque las teorías de Jorge Sorel, Mariátegui llegó a definir su propio pensamiento como el “marxismo enriquecido con el aporte soreliano”. Mientras Lenin, en su polémica con los constructores de Dios (Lunacharski y Gorki) ataca todo intento de asimilar lo “religioso” al socialismo, Mariátegui afirma que “el comunismo es esencialmente religioso”. Y Defensa del marxismo, como el propio Mariátegui lo reconoce en una carta a Enrique Espinoza, llega a conclusiones no enteramente marxistas. Pienso que en la independencia de aquella mentalidad que, hace veinticinco años, arribó a conclusiones que apenas ahora empezamos a entender, hay que buscar la posibilidad de un gran pensador socialista que, superando el plagio o la mera repetición que ilustra el analfabetismo de nuestros “sociólogos” y nuestros “marxistas”, profundizara en el conocimiento de nosotros mismos como pueblo, y nos incorporara, en lo medular, a la cultura universal. Se dice ahora que en Mariátegui, que en El Amauta sobrevivió hasta el fin Juan Croniqueur. Es verdad, pero también es indiscutible que, al final de su vida, el conflicto estaba definitivamente saldado a favor del Amauta, que su existencia era ya una invitación a la vida heroica. Porque políticamente, Mariátegui se identificó siempre con las corrientes más rígidamente más principistas del pensamiento marxista (ver: Conferencia en la Universidad Popular González Prada sobre la crisis mundial y Notas para el Programa del Partido Socialista). A este respecto, el párrafo más claro de todo lo que se ha conservado de sus escritos sobre el tema (no hay que olvidar que se perdió un libro suyo), dice así: “El pensamiento revolucionario, y aun el reformista, no puede ser ya liberal sino socialista. El socialismo aparece en nuestra historia no por una razón de azar, de imitación o de moda, como espíritus superficiales suponen, sino como una fatalidad histórica. Y sucede que mientras de un lado, los que profesamos el socialismo propugnamos lógica y coherentemente la reorganización del país sobre bases socialistas y –constatando que el régimen económico y político que combatimos se ha convertido gradualmente en una fuerza de colonización del país por los capitalismos imperialistas extranjeros– proclamamos que éste es un instante de nuestra historia en que no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin ser socialista; de otro lado no existe en el Perú, como no ha existido nunca, una burguesía progresista, con sentido nacional, que se profese liberal y democrática y que inspire su política en los postulados de su doctrina..” “Mentes poco críticas y profundas pueden suponer que la liquidación de la feudalidad es empresa típica y específicamente liberal y burguesa, y que pretender convertirla en función socialista es torcer románticamente las leyes de la historia. Este criterio simplista de teóricos de poco calado, se opone al socialismo sin más argumento que el que el capitalismo no ha agotado su misión en el Perú. La sorpresa de sus sustentadores será extraordinaria cuando se enteren de que la función del socialismo en el Gobierno de la nación, según la hora y el compás histórico a que tenga que ajustarse, será en gran parte la de realizar el capitalismo –vale decir, las posibilidades históricamente vitales todavía del capitalismo– en el sentido que convenga a los intereses del progreso social.” (JCM, Prólogo a Tempestad en los Andes, de Luis E. Valcárcel). La cita no puede ser más clara, y demuestra cuán avanzado estaba Mariátegui en el camino de su pensamiento cuando lo taló una muerte injusta. Incompleta como quedó su obra, puede, sin embargo, percibirse en ella el vuelo de una mentalidad genial. Evidente como es que no llegó a madurar como escritor, que no entendió bien ciertos temas estéticos, que no llegó a escribir sus mejores libros, que no fue ni ha sido aún comprendido, ¿alguien puede comparársele?; ¿puede discutirse la profunda originalidad que resplandece en sus reflexiones? Es una de las más grandes inteligencias que ha dado América. En una página nos dice más que muchos de nuestros escritores en un libro. Asombra cómo, en una sola nota, adelanta luminosas conclusiones. Por ejemplo, en su artículo ¿Existe un pensamiento hispanoamericano?, sintetiza un debate que luego, con mayor extensión y menor fruto, ha planteado toda una escuela mexicana empeñada en descifrar lo americano. Y así en todo lo que visitó aquella mentalidad fulgurante. Este volumen de Ensayos escogidos, competentemente preparado por Aníbal Quijano, se propone poner al alcance del gran público, dentro de sus limitaciones, lo más significativo de la obra de José Carlos Mariátegui. Ojalá, siquiera por esta vez, se rompa el círculo de las admiraciones que no razonan y las detracciones que sólo niegan, que aún rodean la obra del Amauta* / **. * La biliografía más completa y exacta de JC Mariátegui, y la que debe servir para profundizar el tema, es la Biobibliografía de JCM, preparada por Guillermo Rouillón. Boletín Bibliográfico, Lima, 1952 – Números 1-4, páginas 102-212 / Manuel Scorza ** Sobre este libro: Carátula: “José Carlos Mariátegui – Ensayos escogidos – PRIMER FESTIVAL DEL LIBRO” (1956 / JGB) / Página 2: “Edición publicada para el QUINTO FESTIVAL DEL LIBRO, realizado en el Perú en diciembre de 1958.” Página 3: “SEGUNDA EDICIÓN - Editora Latinoamericana SA”. Selección de Aníbal Quijano. Presentación de Manuel Mujica Gallo, Presidente del Patronato del Libro Peruano. Prólogo de Manuel Scorza. Se publicaron: “I. ENSAYOS POLÍTICOS 1. Esquema de la evolución económica 2. Sumaria revisión histórica del problema del indio 3. Aniversario y balance 4. Mensaje al Congreso Obrero 5. La crisis mundial y el proletariado peruano 6. Oriente y Occidente II. ENSAYOS SOBRE ARTE, LITERATURA Y OTROS TEMAS: 1. La revolución y la inteligencia - El grupo Clarté 2. Henri Barbusse 3. Arte, revolución y decadencia 4. ¿Existe un pensamiento hispanoamericano? 5. Divagaciones sobre el tema de la latinidad 6. González Prada” Asimismo, en la contracarátula, mediante cuatro párrafos de este memorable Prólogo, Scorza hizo, por así decirlo, el anuncio o nota publicitaria del libro. Más. Página 4: “BIBLIOTECA PERUANA DE CULTURA BÁSICA publicada en los Festivales del Libro bajo la dirección de Manuel Scorza / PRIMERA SERIE DE AUTORES PERUANOS / 1. Narraciones y leyendas incas – Luis E. Valcárcel 2. Historia de la Florida – Inca Gracilaso De La Vega 3. Tradiciones peruanas – Ricardo Palma (primera serie) 4. – 5. Los mejores cuentos peruanos (Tomos I y II) 6. Ensayos escogidos – Manuel González Prada 7. Poemas escogidos – José Santos Chocano 8. Paisajes peruanos – José de la Riva Agüero 9. Poemas escogidos – César Vallejo 10. Ensayos escogidos – José Carlos Mariátegui” He aquí una fehaciente prueba de la señera, admirable obra de peruanidad e integración latinoamericanista del gran Manuel Scorza, que logró hacer de los Festivales del Libro –cuya primera edición fue en 1956- grandiosos encuentros culturales, masivamente acogidos por nuestro pueblo, tanto que los miles y miles de ejemplares editados en series se agotaban rápidamente; asimismo, acontecimientos literarios de resonancia nacional e internacional, porque se realizaron no sólo en el Perú sino también en otros países de nuestra Patria Grande. Genial creación que antecedió a los aún más célebres Populibros Peruanos, Una referencia imprescindible –y consagratoria- de esta inmensa cruzada por la elevación intelectual y moral de nuestros pueblos, fue la presencia, en Lima, en diciembre de 1957, del gran Pablo Neruda -Premio Nobel de Literatura 1971-, junto a su esposa Matilde Urrutia, invitados para el Tercer Festival del Libro. / Jaime Guadalupe Bobadilla

ENTREVISTA DE ROLAND FORGUES, ENTRE LA ESPERANZA Y EL DESENCANTO MANUEL SCORZA

MANUEL SCORZA Entre la esperanza y el desencanto &&&&&&&&&& Entrevista de Roland Forgues 1983 &&&&&&&&&&&&&&&& Tú eres considerado en tu país como un escritor bastante conflictivo que no ha vacilado en enta­blar, y no sin razón creo yo, varias veces polémicas muy arduas y vehe­mentes la critica literaria peruana latinomericana. Enton­ces voy directamente a lo esencial: ¿Cuál es tu concepción de la literatura y cómo se presenta en ti, concretamente, la creación artística? La concepción de la literatura es una visión de crítico; los escritores escribi­mos de acuerdo a sensaciones y no de acuerdo a ideas, como creen los críti­cos. La creación se me presenta como una necesidad. Cuando empecé a escri­bir, en mi adolescencia, no tenía nin­guna idea sobre lo que iba a hacer. ¿Cómo empezó tu aprendizaje de es­critor? Aquí, en América Latina, todos escri­bimos por casualidad. Así como Na­poleón decía que cada soldado francés llevaba en su mochila el bastón de ma­riscal, en América Latina cada uno lle­va debajo de su camisa un novelista; cualquiera puede ser escritor. Este es un continente donde por suerte la improvisación y el azar existen aún. Tú escribes por rabia, por cólera, porque no puedes expresarte. Como éste es un continente donde casi todos los as­pectos de la vida se frustran totalmen­te por una sociedad pasatista, pétrea, inmovilizada desde siglos, entonces tú reemplazas esto por un salto imagina­tivo, vives en la literatura la vida que no puedes vivir. El día en que se pro­duzca una transformación social en América Latina, la literatura ya no tendrá tanta importancia, porque las energías que hoy sublima la literatura pasarán a otros campos. ¿Que te permite afirmar esto? Porque creo que la literatura no será tan urgente como ahora. Nosotros vi­vimos en un continente donde lo escri­to ha sido una permanente falsedad, que comienza con la instauración de la República. Las propias Constituciones son colecciones de mentiras, de mala literatura, las Constituciones de Améri­ca Latina son resúmenes de humor ne­gro. El periodismo mismo es una ca­lumnia permanente de la realidad. En esa realidad la literatura se presentó como una apelación a la verdad. Este es un continente donde todas las cau­sas están perdidas (porque aquí toda causa noble está condenada a ser des­truida por la realidad, y yo creo que todavía vivimos una realidad bárbara porque nos falta muchísimo para ser humanos. No somos humanos, somos malos proyectos de seres humanos). La literatura surge aquí como un in­tento de establecer otra verdad. Yo personalmente quise mostrar otra co­sa. El pueblo indio era presentado só­lo en su versión de siervo, de esclavo. Yo había asistido a sus luchas, y sus hechos me parecían épicos y sentí la necesidad de expresarlos. Entonces, tu narrativa tendría cierto trasfondo autobiográfico. Autobiográfico no —salvo en unas pá­ginas de La tumba del relámpago—, porque la única persona omitida en mis cinco libros soy yo. Yo aspiraba a una novela épica, histórica, en la que mi experiencia personal no contaba, no era tan heroica como la de otros hom­bres que yo iba a mostrar. Precisamente uno de los mayores re­proches que te ha hecho la crítica es que tus novelas son una "traición" a la realidad. Este reproche es una típica muestra de pobreza imaginativa de la crítica. Porque hay pocos libros que correspon­den tanto a la realidad como mis nove­las. A tal punto que la publicación de Redoble por Rancas provocó que el presidente del Perú, el general Velas­co, amnistiara y liberara al Nictálope, personaje de la novela. El día en que el si­guiente presidente, el general Morales Bermúdez, quiso afirmar que la Refor­ma Agraria seguiría, ¿a dónde fue? A Rancas. No sabe la crítica que en 1980 algunos personajes de Redoble por Rancas, alentados por políticos de derecha, me enjuiciaron por "difama­ción y calumnia", solicitando 100.000 dólares de indemnización. Después de mucha lucha, la Corte Suprema me absolvió. En mis libros pueden se­guirse los caminos de la lucha, piedra a piedra, ruta a ruta, porque correspon­den a la realidad, lo cual no significa que sean realistas, no. Lo fundamental en tus cinco baladas me parece ser lo de lo mítico a lo real, pero, ¿no crees, justamente, que esa integración contribuye a transformar la realidad y que esto, de alguna manera, entra en contradic­ción con el aspecto testimonial decla­rado en la advertencia preliminar de tus dos primeros relatos? Yo creo que la transforma profunda­mente, pero yo comenzaré diciendo que mis libros son obras literarias. Ini­cialmente la obra se ‘presentó’ como un alegato histórico, y eso fue tal vez un error, porque llevó a los críticos a creer que era un relato realista. Era y no era. Los hechos son reales, pero son libérrimos. ¿Quién va a creer, por ejemplo, que en el capítulo de la mo­neda de Redoble por Rancas sucedió exactamente así? Lo que ocurrió fue que yo oí que un hombre, hablando del juez Montenegro, decía: "Este hom­bre es tan poderoso, tan temido, que si se le cayera una moneda al suelo, na­die la recogería". Entonces yo tomé la metáfora y la desarrollé. Entonces, tus libros serían más simbó­licos que realistas. En cierto sentido, sí. Por ejemplo, la historia del Ángel de Pumacucho, que cuento en Cantar de Agapito Robles, es real, pero lo que no sucedió fue que las aguas se inmovilizaran y se convir­tieran en lagos. Yo inventé eso por­que quería expresar el problema del trágico tiempo pasado que hay en el Perú. El tiempo peruano se interrum­pe en la Conquista y, a partir de allí se enlaguna y se pudre. La represión ins­taura en el Perú la cobardía y la pasivi­dad aparentes del peruano, porque en realidad nosotros no somos cobardes ni pasivos, somos seres violentos y re­primidos. El día que aquí haya una revolución, va a ser una revolución con un millón de muertos. Leyendo las descripciones de Guaman Poma de Avala, yo encontraba que algunos lu­gares del Perú, de Huancavelica por ejemplo, donde yo pasé mi infancia, no han cambiado prácticamente nada. Incluso encontraba que en los títulos de propiedad de las comunidades figu­raban las mismas estancias, en los mis­mos lugares, con el mismo atraso. ¿Cómo iba a expresar eso? Me pare­ció más sugestivo expresarlo a través de símbolos poéticos. La advertencia inicial de Redoble por Rancas ha sido leída demasiado literalmente. Por ejemplo, ¿cómo podía yo contar una masacre india en el Perú?, ¿a la mane­ra del periodismo? Por entonces casi todos los meses en el Perú se produ­cían masacres absolutamente mons­truosas. Pero yo necesitaba expresar­las en una metáfora que tuviera jerar­quía artística para poder imponer el terrible tema de la repetición de las masacres*. Eso es fundamental en mis libros, pero no se trata de un proble­ma de imaginación del escritor, sino de un problema de repetición de la historia. Sin embargo, la imaginación interviene para crear el ambiente propicio, corno ocurre, por ejemplo, en la presentación de la masacre de El jinete insomne, donde las mujeres se quejan contra los asesinos de sus hijos con la famosa Elegía a Atahualpa. Claro. En El jinete insomne, se me ocurrió describir una masacre en las que las madres de las víctimas camina­ran sobre el agua, lo cual era un hecho monstruoso e irreal, quejándose con el Atahualpaman porque esto impactaba más. El Atahualpaman es un canto de dolor que expresa de manera perfecta el sentimiento de las madres de los muertos. Lo utilicé por una razón muy simple: los hechos son los mis­mos. Hay dos niveles en mis libros: un nivel histórico real, probado por cuatro o cinco años de trabajo minu­cioso y que ha sido ratificado siempre por quienes han ido al lugar, con per­sonajes reales que están vivos; y hay también un nivel mitológico, fantástico, que exige, sin embargo, una aclara­ción: no utilizo el Mito como un esca­pe de la realidad, sino como una acla­ración de la realidad. Sin embargo, yo me pregunto si no hay cierta ambigüedad, a veces, en tu utilización del Mito. ¿No crees tú, para ponerte un ejemplo, que el hecho de que Garabombo se haga invisible en la segunda balada, para recuperar los títulos de propiedad, puede ser considerado como un modo encubierto de pa­sar por alto la lucha de clases porque, en este caso preciso, la invisibilidad evita que la comunidad se enfrente con la policía y el poder? El movimiento mítico en mis libros no ha sido explicado por ningún crítico, salvo en la tesis Contexto mítico en la novelística de Scorza, de la belga Ly­dia de Clerck. Yo tengo una actitud frente al Mito diferente a la de otros escritores. Repito que yo no utilizo el Mito para evadirme de la realidad, sino para aclararla. Por eso, mis cinco libros culminan con La tumba del relámpago, cuya lectura es fundamental porque, en esta novela, los personajes comprenden que son criaturas míticas, y dejan de ser míticos para convertirse en hombres del Tercer Mundo; dejan su ropaje de personajes imperiales del Mito para convertirse en proletarios pobres, conscientes de que están completamente jodidos en las alturas de un país explotado por el imperialismo, que tienen ya concepto de la Revolución Cubana. Son reyes que se destronan a sí mismos. Yo llevé ahí a mis personajes a través de una toma de conciencia. El primer libro habla de la rebelión solitaria de un hombre, pero el pueblo no responde. Con Garabombo, el Invisible, se pasa a la lucha colectiva. Ahora, si tú vas a la quebrada del Chaupihuaranga, verás que Garabombo se ha convertido en jirca. Y tal es el poder de la leyenda que ahora la cueva de Umancantay es una cueva a la cual la comunidad de Chinche hace peregrinaciones. Esto lo informó un antropólogo en el Encuentro de Narradores de Ayacucho, en 1982. Cuando Garabombo es derrotado, entonces surge el tercer hombre, el viejo Raymundo Herrera. Él va a hacer el recorrido de las tierras enumeradas por el título de propiedad de la comunidad; con lo cual prepara la nueva rebelión. Pero entretanto, la cobardía se ha apoderado de los hombres, y este miedo paralizó la realidad. Por eso las aguas y el tiempo se inmovilizan. ¿Quién va a acabar con ese miedo? Agapito Robles ¿Cuándo? Cuando Agapito Robles lucha, toma por la fuerza la hacienda Huarautambo y pronuncia allí las palabras que San Martín pronunció ciento cincuenta años atrás al independizarse el Perú. Y entonces el agua empieza a correr de nuevo. Tu concepción del tiempo detenido, ¿significa que consideras que desde la Conquista no ha pasado nada en el Perú y en América Latina? No es que no ha pasado nada. Han sucedido cosas muy importantes. Pero el país, fundamentalmente, sigue siendo un país de esclavos y un país destruido. Nosotros, en este momento, somos un lugar del mundo que no tiene historia, donde vivir es un acto desesperado. Yo he dicho públicamente, aquí en el Perú, que ser peruano es una forma de horror. Desde la Conquista el pueblo peruano se quedó parado, anonadado, porque se quedó sin historia. El pueblo peruano es un pueblo amnésico, un pueblo preso casi de lo­cura. Ningún pueblo puede existir sin historia. Cuando los españoles destru­yen los quipus que habían mantenido una profundidad histórica, según dice Porras Barrenechea, de 400 años, aniquilan su historia, la borran. El inva­sor no ocupa sólo el territorio, sino el tiempo; esa es la ocupación más grave. Francia fue invadida por los alemanes, pero los franceses nunca dejaron de ser franceses porque no los borraron del tiempo. En cambio, la Conquista arroja a los conquistados de la historia y ya no existen en ninguna parte; en­tonces tienen que inventar una contrahistoria. Esa contrahistoria puede ser el Mito. A mí me asombra que los historiadores que leen a Guaman Poma de Ayala no se percaten que el segundo tomo de la Nueva Crónica empieza con la negación del descubrimiento de América. ¿Por qué Guaman Poma di­ce que los españoles no han descubier­to América, sino que lo ha hecho San Bartolomé? ¿Por qué en otros países de América existe esta leyenda de que Cristo envió a sus apóstoles para des­cubrir América antes de Colón? Por­que los precolombinos, los sobrevivien­tes del naufragio histórico de la Con­quista, necesitan desesperadamente destruir la Conquista, es decir la histo­ria española, para existir de alguna ma­nera. Por eso, para mí, en América La­tina, el Mito es la respuesta a la locura colectiva**. ¿No crees que la recuperación de la Historia implica necesariamente la destrucción del Mito? Sí. El Mito solamente puede terminar cuando se lo pronuncie, cuando se lo ejecute en la Revolución. La operación de mis libros es clara; tiende justamen­te hacia la salida del Mito. Cuando la crítica menciona tu obra, lo hace generalmente incluyéndola den­tro de una corriente neo-indigenista, ¿te parece correcta esta clasificación? No. Absolutamente, no. Y esto lo de­mostró claramente Jean Marie Lassus en su tesis Scorza y el rechazo del in­digenismo, en la Universidad de Nan­tes. Los libros no se clasifican en ne­gros o blancos. Los libros son buenos o son malos, y punto. Lo que pasa es que aquí, en el Perú, se ha emprendido una sistemática calumnia e ignorancia del pueblo indio, de la nación india, porque quisieran que desapareciera; por eso se habla de indigenismo, pero el indigenismo... ¡no existe! ¡¿Cómo se puede decir la barbaridad, por ejemplo, de que Arguedas es un escritor in­digenista?! Tú que has hecho un estu­dio profundo y minucioso de su obra sabes que es totalmente delirante, to­talmente absurdo. Arguedas es un es­critor de talla dostoiewskiana. Argue­das es un hombre en el cual la búsque­da del padre es una búsqueda esencial. Mi obra es simbólica, es épica, y está escrita en buen castellano. Hice un es­fuerzo de poeta para tratar bien la palabra, porque yo quería acabar con la excusa demagógica de que los escritores que tocan temas populares escri­ben mal. Tú sabes que es una mentira. Lo que pasa es que nosotros vivimos en un país donde se quisiera que el eje de lectura fuera únicamente el eje de lectura de la pequeña burguesía mira­florina. Miraflores ha querido trans­formarse en provincia, incluyendo San Isidro, las playas del sur, les faltó sola­mente levantar una muralla. Eso es significativo, ¿no? ¡El Perú no es Mira­flores! ¿Cómo ves justamente el problema de la nación en el Perú? Creo que el Perú es un país poligonal, poliédrico; tiene varias caras: la cara criolla sobre la cual se ha instalado to­da clase de mentiras desde la Conquis­ta, dividida en clases sociales; la cara india sobre la cual no hay prácticamen­te noticias salvo las de Garcilaso, de Guaman Poma, de Arguedas, de Ale­gría, y de otros entre los que me in­cluiría yo. Hay la cara negra, la cara china, la cara selvática. Todos estos países tienen diversos tipos de sensua­lidad, de moral y de actitudes ante el mundo. Además, todo esto está dividi­do y separado en el tiempo, porque hay un Perú del siglo XX, un Perú del siglo XIX, un Perú del siglo XV, y has­ta un Perú de la edad de piedra, que coexisten hoy. Entonces, ¿cómo pue­des tener una literatura peruana? La literatura peruana está por nacer. Para mí el pueblo peruano es un pueblo huérfano, sin padre. Pero lo más gra­ve es que no tiene memoria. Es un pueblo que repite los gestos, pero de una memoria ancestral perdida. En materia de lenguaje, ¿cómo has procedido para traducir en tu narrati­va esta situación del pueblo indio? A nivel de lenguaje, mi operación es simple. Yo me negué a participar en la caricatura de hacer hablar a los in­dios en un mal español, porque esto me parecía tomar equivocadamente la realidad. Los seres humanos que yo tomé en mis libros eran, en muchos casos, seres ejemplares que pensaban y actuaban bien. Yo no tenía por qué presentarlos con un lenguaje caricatu­ral que se usó en una etapa errónea del indigenismo. Yo les di un castellano que no hablaban, pero que es un caste­llano correcto, porque ellos piensan correctamente. Es lo mismo que si yo en este momento fuera a Francia y si un periodista francés me hiciera un re­portase al que yo contestara en un francés incorrecto, entonces yo apare­cería como un idiota, y sin embargo no lo soy. Entonces, yo opté por hacer hablar a mis personajes con la forma castellana más correcta. ¿Nunca se te ocurrió tratar de adaptar el idioma castellano a la forma de pensar de los indios, como lo hizo Arguedas, por ejemplo? No, porque yo no soy quechuahablan­te, como lo era Arguedas. Por eso opté por una forma completamente distin­ta de lo que hizo Arguedas de modo tan admirable. Y además, en muchos casos, mis personajes piensan y pueden pensar como indios, porque transcribí cuidadosamente su pensa­miento recogido en grabaciones. No eres quechuahablante y, sin embargo, parece que tu medio familiar y social andino desempeñó un papel importante en tu formación Naturalmente. Yo he pasado mi in­fancia en Huancavelica, en un pueblo quo se llama Acoria, y en otro que se llama Acobamba, que pertenece no a la mancha quechua, sino o la mancha chanca. Y es ahí donde yo tengo el conocimiento de vivir en pueblos indios. Yo no he tenido que hacer nin­gún esfuerzo para contar una historia sobre los indios, porque yo sé cómo se mueven esos personajes. ¿Cómo se explica que habiendo naci­do en la sierra y vivido cierto tiempo en ella, nunca aprendieras a hablar quechua? Porque tuve que emigrar y, finalmente, nunca viví en estratos quechuas. Pero yo creo que uno de los méritos de mis novelas, si alguno tienen, es el de haberme eliminado yo para dar la pala­bra a los que están aquí. Y hay una escena que a mí me parece admirable: es la escena del perdón en Cantar de Agapito Robles, cuando Agapíto Robles, antes de tomar Huarautambo, llama a todos los hombres para que se amisten, para que, si mueren, mueran puros. Yo había vivido este tipo de realidad donde una sociedad cuida por la salud de sus miembros, el perdón de las ofensas. Cuando te refieres al perdón de las ofensas, esto me parece participar más de un sincretismo religioso –y, por con­siguiente, de la presencia de la religión cristiana- que del pensamiento mágico-religioso, o mítico, de los indios. Ya no hay pensamiento indígena. El pensamiento indígena está constituido por muchas cosas. La religión cumple un rol, pero el Mito se da de otra for­ma. El Mito se da, por ejemplo, cuando la gran rebelión que organiza Gena­ro Ledesma para octubre de 1961, en la cual se iba a invadir sesen­ta haciendas, que es una cosa gigantes­ca. Esta recuperación de tierras se malogra porque el Artista, de Lima, sueña que San Francisco le dice que invadan inmediatamente; invaden en setiembre y no en octubre, como estaba previsto, y fracasan. Ahí es don­de actúa la mentalidad supersticiosa. Sí, pero opera más a nivel subconscien­te que a nivel consciente. Claro. El indio todavía hoy tiene en muchas zonas pensamientos míticos. Lo que pasa es que no los expresa. Zuidema hizo un trabajo en el que de­mostraba que los indios soñaban mi­tos, lo cual te muestra la importancia de este tipo de pensamiento. ¿Les atribuyes tú algún papel especí­fico a tus novelas? Yo les atribuyo el papel de obras de arte, de libros poéticos —me parece que las buenas novelas en el mundo siempre han sido poéticas—, y las clasi­fico como un intento de llegar a la conciencia. Su verdadero público to­davía no ha nacido. Mis lectores serán algún día los analfabetos del Ande, que sólo podrán ser liberados por una Re­volución. Esto me recuerda el poema La gran alegría, del Canto general, donde Ne­ruda proclamaba más o menos lo mismo que tú. ¿Crees que la literatura cumple una función social y que el es­critor tiene alguna responsabilidad co­lectiva o pública? Toda literatura cumple una función social. Pero yo creo que el escritor ha­bla en nombre de su desesperación, en nombre de su angustia, en nombre de sus sueños. La única responsabilidad que le exigimos al escritor es que ten­ga una conducta ética y política co­herente, que no sea cómplice de este sistema repugnante de esclavitud, in­cluso por razones estéticas. No quiero insistir sobre este aspecto: el Perú, en este momento, en 1983, es una socie­dad de esclavos, y vivir en él es ahora muy difícil porque una larga estadía te lleva a adoptar una mentalidad de es­clavo, y terminas convirtiéndote en es­clavo. Tú has pasado de la poesía a la novela, ¿qué nexo estableces entre ambos géneros literarios? No hay separación. En América Lati­na, todos empezamos escribiendo poe­sía. Yo escribí poemas hasta los trein­ta años, después no escribí nada du­rante diez años, y cuando me senté a escribir de nuevo sentí la necesidad de escribir en prosa. ¿Qué te impulsó a volver a escribir después de diez años de silencio? Y, sobre todo, ¿por qué escogiste ese te­ma de las recuperaciones de tierras y de “la guerra silenciosa”? El deseo de narrar una hazaña olvidada. En las remotas alturas andinas se-había producido una gran batalla épica, como las batallas griegas; y eso me pareció grandioso. Yo quería mostrar también victorias, momentos en que el pueblo peruano se irguiera de su humi­llación, de su derrota, y mostrara su grandeza. La gran diferencia que hay entre los personajes de Alegría, de Arguedas, y los míos, por ejemplo, es que los míos están siempre en trance de lu­cha, están siempre peleando y vencien­do. Y vencer me pareció que era la cosa más extraordinaria. Todos los hechos que narro en La tumba del relámpago son hermosísimos como co­lectividad. Cuando fracasa la invasión de "El Diezmo", por culpa del perso­nero, la comunidad lo condena a muer­te, y cuando lo van a ejecutar, llega la Guardia de Asalto, y él pide que lo libe­ren para que pueda morir al frente de su comunidad. Este gesto me parece realmente grandioso. Yo quería resca­tar esa imagen y mostrar que no todo es horror en la condición peruana. Me parece importante la referencia que acabas de hacer a la epopeya grie­ga, porque destaca la influencia que has recibido de la cultura occidental y que, de alguna manera, has aprovecha­do en tu narración para tratar temas andinos. Pero lo que me pregunto es en qué medida esa influencia de la cul­tura occidental no puede crear cierta distorsión entre el tema andino que se cuenta, y la forma amestizada como se relata. En literatura todos somos mestizos, y esto hace nuestra riqueza. Yo soy un hombre aculturado. Yo soy un hom­bre de raíz india que, en cincuenta años, ha pasado de un villorrio andino a la capital de Europa y que está ya de retorno con la idea de que el mundo .es redondo. Una de las formas de búsqueda de identidad en América Latina es mostrar la palabra corrupta y co­rrompida por una realidad mentirosa, arrebatarle esa palabra al opresor. Y la única literatura del mundo que ha logrado hacerlo es la literatura latinoa­mericana. En todas partes se ha re­querido una revolución para arrebatar­le la palabra a la clase poseedora, salvo en América Latina. Es importante se­ñalar que los grandes escritores de América Latina son de orígenes popu­lares, casi no hay aristócratas. Martí era hijo de un carcelero, Neruda de un ferroviario, Vallejo era maestro de es­cuela, Gabriela Mistral lo mismo. No­sotros cumplimos una labor de deto­nantes morales, ponemos dinamita en todos los fondos ideológicos podridos de América Latina. Este Perú extra­viado actualmente, este país criollo que oscila entre el narcotráfico y la corrupción, entre la prostitución de Estado -que es más grave que la otra-, este país lo destruimos los escritores dinamitando la realidad lingüística y recuperando el derecho a la palabra. El Perú es un país pluricultural y so­cialmente escindido entre mundos opuestos, ¿cómo ves la posibilidad del surgimiento de la nacionalidad en él? El Perú no podrá nacer jamás como Nación si no hay una Revolución. Pero esta Revolución tendrá que ser de otro tipo, de un tipo nuevo. Yo encuentro que la visión marxista que ha plantea­do una revolución aquí es bastante li­mitada. Este país está por fundarse. Nosotros no nos conocemos. Hay gente que jamás ha transitado más allá de determinados lugares. Mira, hay más distancia de Lima a Pucallpa que de Lima a París. Esta frase la dijo Humboldt. ¿En qué medida tu experiencia en el extranjero te ha ayudado a apreciar la realidad peruana? ¿Ha sido positivo tu distanciamiento? La estadía en el extranjero me ha per­mitido no sólo apreciar la realidad peruana, sino también saber cómo pien­san los amos del mundo. Yo soy un peruano que si alguna vez tuviera una responsabilidad de Estado sabría perfectamente cómo se manejan las cosas. Yo sé lo que es una nación poderosa y una nación débil. Nuestro drama es que nuestros gobernantes no lo saben, son completamente ignorantes de la realidad nacional y de la realidad mun­dial; y políticamente, son incapaces. Nosotros seguimos vendiendo las riquezas y la soberanía nacionales por cuentecillas de cristal como en la épo­ca española. Para mí la experiencia europea es capital y enriquecedora. Europa no es solamente la Europa del imperialismo; la Europa de Shakespea­re no es la de Margaret Thatcher; la Europa de los monstruos que desata­ron la guerra del opio no es la Europa de Beethoven ni de Proust. Yo ya no tengo complejos. Uno llega a Europa como un patito feo y, luego, descubre que los patitos feos son tan hermosos como los cisnes y que el gran error es tratar de meter nuestro cuerpo de ti­gre o de dinosaurio en esos trajecitos de cisnes y tratar de bailar el ballet del cisne. Yo soy un hombre liberado y, por tanto, he dejado de odiar a Europa. La visión de la realidad peruana que acabas de darme es bastante negativa; entonces, ¿cuál es, concretamente, la tarea que tú, corno hombre y ya no sólo como escritor, te asignas para tra­tar de cambiar esa realidad? Bueno, yo he cumplido mi tarea. He escrito cinco libros que considero necesarios. Que son libros que han pu­blicado la verdad del Perú en muchas partes del mundo y que algún día se­rán leídos y tomados como conciencia; algún día cuando se levante el muerto de los Andes; algún día cuando —lo decía Mariátegui— el más vasto re­servorio de energías revolucionarias de América Latina empiece a caminar. Entonces estoy seguro que en su equi­paje irán algunos de mis libros. Por ahí está su historia; por eso es que he puesto nombres reales. Pero, ¡cómo puedes decir que has cumplido tu tarea! Esto significaría que das tu obra por terminada, asimis­mo tu trabajo político, y que de lu­chador ahora te vas a convertir en es­pectador, ¿lo piensas realmente? Claro que no. Yo naturalmente voy a proseguir mi obra novelística si puedo. Escribir una novela es agotador y te­rrible. También quisiera trabajar aho­ra colectivamente con otros escritores para pensar sobre el Perú, para saber qué es lo que podemos hacer. Tu última novela, La danza inmóvil, publicada por Plaza & Janés, en Barcelona, parece introducir una ruptura con tu narrativa anterior, en la medida en que pasas del tratamiento de temas rurales a temas urbanos. ¿Cuál es el significado de esta nueva orientación? Sigo el camino -o uno de los caminos- de la historia peruana. El Perú de los Andes que se estremeció con la guerra campesina de 1960, La guerra silenciosa**** de mis novelas anteriores, asis­tió luego a la guerrilla de 1965. La danza inmóvil es, en parte, la historia de ese movimiento. ¿Cómo sitúas tú esta nueva novela con respecto al ciclo de La guerra silenciosa sobre la zona de Cerro de Pasco? ¿En qué reside, a tu parecer, su origi­nalidad? En La guerra silenciosa se cuentan sólo tragedias colectivas; en mis prime­ras novelas la tragedia colectiva se ve a través de la tragedia o el drama indivi­dual. Si bien la organización interna por ca­pítulos que llevan título es la misma que la de tus cinco baladas, en La dan­za inmóvil pareces experimentar una nueva técnica narrativa: relación simul­tánea de dos historias -la de Santiago y la de Nicolás- que, a pesar de ser au­tónomas, son inseparables y, al final, llegan a confundirse. ¿Cuál es el sen­tido de esta nueva experimentación? La danza inmóvil, que sucede, al mis­mo tiempo, en París y en Lima, me exigía esa estructura. No es una metá­fora: cada libro exige su técnica y hay que tener la fortuna de descubrirla. El segundo volumen, la continuación de La danza inmóvil, que se llamará Los pétalos de la quimera, se me presenta como un soliloquio de trescientas a cuatrocientas páginas. Otro cambio, ¿ves? Desde el punto de vista estructural, la historia de Santiago y Marie Claire es introducida por la aparición, en el restaurante La Coupole, de la bella desconocida, cuando el escritor le cuenta su relato al editor. A partir del encuentro en el Jardín des Plantes entre el escritor y la bella desconocida, donde nos ente­rarnos que se llaman Santiago y Ma­rie Claire, la historia ficticia de Santia­go y Marie Claire aparece como la del escritor y la bella desconocida. Y la confusión se mantiene hasta el final, donde interviene, además, un desdobla­miento de Marie Claire (Marie Claire, hija del editor; y Marie Claire, Mlle Saint Jean, ‘attachée de Presse’ del mismo editor). Asimismo, el último capítulo abre varias posibilidades de lectura. ¿Qué has pretendido hacer manteniendo esa confusión e imaginando, de alguna manera, un desenla­ce plural? La danza inmóvil es, entre otras cosas, una reflexión sobre el arte y la nación. Uno de los personajes dice que el hom­bre es un animal que se nutre, esencialmente, de símbolos. La danza inmóvil es un sueño soñado mientras una mujer atraviesa el restaurante. Uno de los aspectos sobresalientes de la novela con respecto a las anteriores, lo constituye el papel que en ella de­sempeña el amor. Efectivamente, si en tus cinco baladas aparecían muje­res, no se las veía en su dimensión de amantes, como son, por ejemplo, Marie Claire y Francesca. Es una, o mejor dicho, son dos historias de amor. La verdad es que me asombra que haya tan pocas historias de amor en América Latina. Y tan poco erotis­mo y humor. En efecto, es la primera vez que el humor juega un rol tan importante en tu narrativa (historia de los osos de pelu­che, el casamiento del Papa con Miss Brasil, la historia de la mascarilla del premier muerto, la de Reagan refugia­do en La Habana, etc.), ¿a qué se de­be? Yo soy un hombre que vive la vida con humor, y creo que de todo lo que hago lo que más me gusta es reír. A veces la literatura latinoamericana me parece demasiado seria, y en este libro —entre tantos aspectos serios— quise reírme de la vida, de los editores, de mí. ¿En qué medida, a tu parecer, se pue­de hablar de novela ideológica? En la medida en que algunos persona­jes "dudan" de la ortodoxia política y se plantean -o replantean- problemas políticos muy poco discutidos. ¿Estás de acuerdo con tu personaje Nícolás, que le dice a Santiago, quien ha optado por quedarse en París con la mujer amada en lugar de seguir a sus compañeros guerrilleros: "¿Desde cuándo, Santiago, la revolución y el amor son contradictorios? Tu amor, todo amor, tu lucha, nuestra lucha, son carne de un mismo cuerpo, sangre de una misma sangre. Elegir entre amor y revolución es un falso dilema. No hay nada que elegir, son lo mis­mo."; ¿o, por el contrario, con Santiago, que le replica: “Yo estoy harto de que me confisquen el presente en nom­bre del porvenir?”; ¿o con ninguno de los dos? Estoy de acuerdo con Nicolás, que piensa que el amor y la revolución no son contradictorios, sino al contrario. El drama —acaba de señalarlo el críti­co peruano Antonio Cornejo Polar en la mesa redonda que se realizó sobre La danza inmóvil— es que vivimos en una sociedad que a veces nos obliga a elegir. Al final, cada uno de tus personajes envidia al otro porque cree que el otro eligió mejor. Sin embargo, pese a eso, Nicolás, el guerrillero, declara que "Si volviera a hacer repetiría la misma vi­da, cumpliría los mismos actos, combatiría los mismos opresores, mataría los mismos traidores, soportaría las mismas torturas, aceptaría las mismas cárceles."; ¿cómo explicas esta paradoja? No hay paradoja. En su monólogo, que a veces es delirio, Nicolás se contradice, pero su verdad final es la que tú señalas. Él no duda. Francesca le dice a Nicolás: "El pro­blema fundamental es que las revolu­ciones triunfantes se transforman siempre en dictaduras.", y pregunta: "¿Es una fatalidad histórica que en un momento dado, Lenin, nada menos que Lenin, envíe el famoso telegrama 'aprisionen a los anarquistas y acúsenlos'?" Crees tú en esa fatalidad? Hasta hoy casi siempre ha sido así. Pero no creo que sea una fatalidad histórica. Algún día habrá una Revolu­ción Revolucionaria. ¿Piensas tú que "El acto verdaderamente revolucionario, como dice Santiago, no es morir, sino vivir"? Sí, claro que sí. En un momento dado, el escritor le replica al editor que "No hay libros revolucionarios o conservadores: hay libros eximios y libros mediocres.”; ¿suscribes esta opinión? La suscribo. ¿No te parece que con sólo considerar el valor estético de una obra de arte, semejantes declaraciones pueden llevar a justificar las peores basuras ideológi­cas? Todo libro tiene un contenido políti­co, por lo que se dice o por lo que se calla. El arte ha sido siempre expre­sión de una clase. Hoy más que nun­ca. Pero eso no impidió la aparición de obras revolucionarias geniales: El Qui­jote o El Proceso. Pero antes que re­volucionarias, son geniales. No hay li­teratura sin esplendor de la palabra. Después de haber escuchado el relato del escritor, el editor dice que le gus­ta la historia, pero que "En un momen­to en que la guerrilla sigue activa en América Latina, no será recibida por la crítica como se merece, o quizás será silenciada.” ¿No crees tú que este tipo de juicio se emparenta con un proceso de intenciones que se le hace a la críti­ca? ¿Por qué no? Hasta hoy la crítica -por lo menos la crítica hispanoamericana- no ha hecho mucho por demostrar que es imparcial. Todo lo contrario. Y lo estoy viendo en lo que leo sobre La danza inmóvil. En muchas ocasio­nes merece no críticas, sino opiniones caricaturales. Me reprochan el amor, el humorismo, la alegría; e incluso una cómica crítica de Cambio 16, en Espa­ña, me sugería otro final. ¿Hasta cuán­do vamos a seguir sosteniendo la men­tira de que la crítica es "desinteresa­da"? Todo crítico ve la literatura de acuerdo a su ideología, ¿por qué no decirlo? Ahora, ya que te has referido a la en­trevista que te hicieron en Cambio 16, allí declarabas justamente que tu no­vela planteaba fundamentalmente el tema del desencanto político, y agregabas, entre otras cosas, que "La guerrilla peruana fue exterminada por una concepción errónea de la realidad: los guerrilleros no conocían bien su país, sus instrumentos ideológicos, no coin­cidían con la mentalidad de los cam­pesinos." ¿Piensas que tal afirmación, parecida a lo que opinaba Arguedas sobre las guerrillas, se puede aplicar también, hoy, a Sendero Lumi­noso y a sus dirigentes? El desencanto es un instante entre dos esperanzas. El desencanto de algunos personajes de La danza inmóvil es el resultado na­tural de la quiebra mundial de las ideologías y del triunfo mundial del conservadurismo. Pero en Améri­ca, como en todo el mundo, no hay só­lo desencantados sino también hom­bres que luchan por otro mundo. Pe­ro, a veces, hay que pasar por las ti­nieblas. Ese paso lo dan mis persona­jes en la novela que te anuncio, en Los pétalos de la quimera. El tema de Sen­dero Luminoso es demasiado comple­jo, tenemos una información tan in­completa, que sería intelectualmente riesgoso adelantar una opinión. NOTAS * “Una siniestra paz acható la provincia. En los Andes, las masacres se suceden con el ritmo de las estaciones. En el mundo hay cuatro; en los Andes cinco: primavera, verano, otoño, invierno y masacre.” Cantar de Agapito Robles / Capítulo 3 ** Éste y otros aspectos centrales de esta magnífica entrevista, Manuel Scorza los desarrolla en su extraordinario ensayo Literatura: Primer territorio libre de América *** La guerra silenciosa es el título general de la saga compuesta por las cinco novelas (pentalogía) scorzianas: Redoble por Rancas; Garabombo, el Invisible; El jinete insomne; Cantar de Agapito Robles y La tumba del relámpago. / Jaime Guadalupe Bobadilla

MANUEL SCORZA TESTIMONIO DE VIDA

MANUEL SCORZA &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& TESTIMONIO DE VIDA &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Conversación con Roland Forgues (meritorio peruanista francés, autor de valiosas obras, entre ellas LA ESTRATEGIA MÍTICA DE MANUEL SCORZA) y Gregorio Martínez (notable narrador peruano). Paris, 1983. Publicada en 1986. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Segunda parte de mi libro MANUEL SCORZA / RELÁMPAGO PERPETUO / ANTOLOGÍA POÉTICA – TESTIMONIO DE VIDA, con relevante PRÓLOGO de Winston Orrillo. Lima, 2000 &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Derechos Reservados / Herederos de Manuel Scorza De esta edición / Jaime Guadalupe Bobadilla &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Yo nací en Lima, (el 9 de setiembre de 1928), en la Maternidad, ese hospital en donde actualmente las madres parturientas se hacinan hasta el horror. Está ubicada, recuerdo bien, en la cuadra 14 del jirón Miró Quesada. En realidad, no he vuelto a pasar por la Maternidad de Lima, ni creo que haya entrado nunca, aunque nací ahí. Y ahora veo que, verdaderamente, no tengo un sitio de nacimiento; porque un hospital no es, pues, un lugar de nacimiento. Sé que a mi madre la despacharon muy rápido de la Maternidad, porque necesitaban la cama para otra parturienta. En ese entonces siquiera era así, porque ahora, sabemos, acomodan a la vez a dos o más parturientas en una misma cama. Sí, yo nací en la Maternidad de Lima. Veo que mi vida está muy relacionada con las clínicas y con los hospitales. Y, singularmente, está relacionada con el Manicomio Larco Herrera, de Magdalena, en Lima; allí donde encierran a los locos. Esto porque mi padre conoció a mi madre ahí, en el manicomio. Él era obrero y trabajaba en ese hospital para locos. Mi padre pertenece a una familia numerosa, de muchos hermanos, que siendo aún pequeños se quedaron librados a la sola protección de mi abuela, es decir, a la miseria, por más que mi abuela luchaba heroicamente para darles de comer. Y sabemos muy bien que dar de comer a los hijos es muy difícil en pueblos andinos tan pobres como Matara, en Cajamarca. Mi abuelo, el padre de mi padre, se había ido al oriente, al Putumayo, en la época del apogeo del caucho, con el sueño de hacer fortuna. Entonces los hijos, golpeados por el hambre que rondaba el hogar, sostenido únicamente por la abuela, se fueron desperdigando por el mundo, algunos para no volver ni verse nunca más. Así es como mi padre, después de penurias extremas, llega a la hacienda cañera Casagrande, en Trujillo, es decir, ya en la costa, para trabajar como obrero. Mi padre había pasado penalidades tan extremas, junto con sus hermanos, que esto los marcó mucho. Yo creo que la tradición de desgracia que hay en un pueblo, en una familia, produce una marca muy profunda. Mi padre era, pues, cajamarquino, de Matara. Mi madre también proviene de una familia en la que, igualmente, habían ocurrido grandes y tremendos dramas, realmente dostoiewskianos, que constituyen un aspecto que aún no he tocado en mis libros. Mi madre había llegado a Lima huyendo también de la miseria, embarcada en esas primeras olas de migrantes que llegaban de las provincias hacia la capital. Entonces se encuentra con mi padre en el Manicomio Larco Herrera, porque él ya se había trasladado de Casagrande a Lima. Él entró a trabajar como mecánico, ahí, en el manicomio. Seguramente había aprendido ese oficio en el ingenio azucarero de Casagrande. Y cuando entra al manicomio, ya mi madre estaba ahí, trabajando como ayudante de Enfermería, como una muchacha auxiliar que debía cuidar y atender a los locos. Entonces, mis padres se conocen ahí, en el manicomio, se casan, y ahí se establecen, viven en este lugar de locos. Después, mi padre pasa a otro taller. Aprende Panadería y se convierte en el subjefe de la Panadería. Ya en esta condición le dan un mejor alojamiento para que viva con mi madre, en una zona en donde habían tres habitaciones; era una casa dividida en tres habitaciones… dentro del manicomio, pero era un lugar, yo recuerdo, bastante grande, en donde había un palomar, que para mí ha sido el palomar maravillosos al que yo subía, y ahora estoy pensando que quizás ese palomar será después una torre del futuro que parece en uno de mis libros (La tumba del relámpago). Yo me he criado en el hospital Larco Herrera. Es allí donde tengo mi primer contacto con la locura. Y qué curioso: antes de llegar al manicomio, mi padre estuvo trabajando en el norte del Perú, en una de las haciendas del terrateniente don Víctor Larco Herrera, cuyo nombre llevará luego el manicomio, como un homenaje a su donante y favorecedor. Don Víctor Larco era un gran gamonal del norte, que también regaló el Puericultorio Pérez Araníbar y muchas otras obras. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& ACORIA: EL PARAÍSO PERDIDO &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Bueno, yo me crié durante algunos años en el manicomio, y después mis padres deciden irse a la sierra, a los Andes; entre otras cosas, creo, porque yo estaba muy mal de salud, sufría de enfermedades bronquiales muy graves, pero además nuestra situación económica en Lima empezó a ser muy difícil. Es cuando mi padre decide que mejor nos vamos a la sierra, al pueblo de mi madre, Acobamba, en Huancavelica, a unas leguas de Huayanay. Pero se queda en el camino, no llegamos a Acobamba, sino que mi padre se animó a poner una tienda y panadería en Acoria, a poca distancia del pueblo de mi madre. Huancavelica es uno de los departamentos más atrasados del Perú. Ahora que están ocurriendo los acontecimientos de Ayacucho, el periodismo peruano empieza a descubrir otro país. Porque evidentemente algunos periodistas resultarían extranjeros si los confrontamos con la realidad de lo que llamamos el Perú profundo. Esto se ve bien cuando Héctor Chacón, el Nictálope, el personaje de mi novela Redoble por Rancas, sale de la prisión. Recuerdo que el Nictápole desciende del avión que lo trae del Sepa, la tenebrosa prisión peruana perdida en medio de la selva, y da los primeros pasos ante las cámaras de televisión que lo esperan, y se pone a cantar y a hablar en quechua. Esto lo cuenta muy bien Guillermo Thorndike en una crónica estupenda. En esos momentos, en que había una sintonía total en el Perú -eran los tiempos del Gobierno del general Velasco-, el periodismo peruano y mucha gente no entienden en absoluto qué era lo que estaba ocurriendo. Eran los años en que mi obra había sido aceptada por el Estado peruano, no como ocurre hoy con el Gobierno belaundista, en que es rechazada. El Nictálope habla en medio de la expectativa que había concitado su liberación. Es el héroe de Redoble por Rancas, un héroe de carne y hueso, que había sido confinado en prisión por los opresores de las comunidades indígenas. Y el Nictálope habla en un idioma que la teleaudiencia del Perú, desconcertada por varios minutos, no puede entender, y no entiende hasta que los locutores le piden que hable en castellano. Quienes tenemos sangre india sabemos que este abismo ha existido siempre. Aunque es cierto que yo tampoco hablo quechua. En mi infancia entendía el quechua; desgraciadamente nunca llegué a hablarlo, porque aún en los departamentos más pobres del Perú hay grandes barreras, y mi familia en Acoria se había convertido en una familia de pequeños comerciantes, y eso ya nos diferencia de los indios. Mis padres salieron de Lima con destino a Acobamba, la tierra de mi madre, pero se quedaron en Acoria, un pueblo ubicado en la línea del ferrocarril entre Huancayo y Huancavelica. Ahí mi padre se convirtió en un pequeño comerciante. Tenía una panadería, la cual le daba cierto estatus, de modo que yo no tenía contacto con los indios, no tuve la experiencia que tuvo José María Arguedas, ni pude aprender el quechua. En esa época yo tenía unos siete años. Mi padre, como es cajamarquino, tampoco habla quechua, mi madre sí. Ahí. en Acoria, empecé a ir a la escuela y viví parte de mi infancia. Acoria me ha dejado experiencias decisivas, y fue para mí la imagen del paraíso. Muchas veces he soñado que llegaba a un lugar perfecto en el mundo, y este lugar era Acoria, o tal vez mejor, una mezcla de Acoria y Acobamba. Si yo tuviera en estos momentos otra energía, la energía que tuve en otros instantes de mi vida, yo creo que me iría a Acoria. Cuando en alguno de mis libros (Las imprecaciones) hablo de “pueblos de una sola calle por donde nunca pasó la dicha”, estaba pensando en la larga calle de Acoria. Acoria es en mi memoria un pueblo precioso, por donde pasa un río maravilloso. Acoria es uno de los pocos lugares en donde puedo decir que fui feliz. Ahí también viví la primera ocasión en que enfrenté a la muerte. Yo estaba en el río, y el río me arrastró. Es un río de agua muy clara, pero que corre con fuerza. De pronto me vi bajo el agua, y tengo en el recuerdo una imagen como si hubiera estado encerrado en un cristal, y no me daba cuenta que la muerte me llevaba. Entonces, un borracho, recuerdo que se llamaba Gonzalo, y que estaba permanentemente ebrio, que era uno de esos hacendados arruinados, que son tan pobres que más parecen mendigos que ni siquiera tienen una camisa para dormir, bueno, este borracho entró al río y me sacó. Cuando recobré el conocimiento, me encontré caminando sin zapatos sobre las piedras. A parir de este instante, este borracho, que había sido un hacendado muy poderoso, tuvo una actuación importante en la vida de mi padre. Había salvado a su hijo y, lógicamente, al haber salvado la vida del hijo de un comerciante, ya podía pedir crédito en la tienda de éste. Entonces, desde ese momento se convirtió en un parásito de la casa. Porque, claro, para mi padre era imposible negarle crédito al hombre que había salvado a su hijo de una muerte segura. Mi padre y yo nunca hemos hablado de esto, porque desgraciadamente yo no hablé con mi padre lo que debí haber hablado, quizás porque uno no habla en el mundo con las personas más importantes. Pero ahora veo a don Gonzalo entrando y saliendo, bebiendo gracias a que tenía un crédito indefinidamente abierto. En realidad, también se había salvado él. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& EL FUTURO EDITOR EN UN PUESTO DE PERIÓDICOS &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Después de un tiempo, que para mí es un eternidad, volvimos a Lima. Mi padre había decidido regresar a Lima. Intenta una serie de actividades para sobrevivir: hace lo que hace toda la gente pobre para sobrevivir. Creo que a eso no puede llamársele negocio. Tiene un puesto de periódicos, y ahí es cuando voy a tener mi prime contacto con la lectura. En el puesto de periódicos voy a leer los diarios, las revistas, y especialmente una revista que para mí es muy importante, y que lo fue también para la gente de mi generación. Me refiero a la revista argentina Leoplan, que traía historias, resúmenes de novelas, y que yo leía constantemente. Era un puesto de periódicos ubicado en el distrito La Victoria. Por ahí cerca me matricularon en un centro escolar, en ese barrio de gente pobre, y me fue muy mal. No sé por qué razón una profesora me tomó como un caso perdido de estupidez y falta de inteligencia, hasta el punto de que, automáticamente, cada día que yo entraba a clases me daba un palmetazo. Hoy veo las resonancias que este hecho deben haber tenido en la mentalidad de un niño. Esa especie de complejo de inferioridad que empecinadamente me quería imponer. No sé qué podía haber ocurrido, qué fuerza oculta empujaba a la profesora para que actuara así conmigo. Ni siquiera podía decir que yo no sabía la tabla de multiplicar o que era un bruto de remate, porque yo era un niño aplicado y formal, excesivamente formal, porque mi padre era muy severo. Bueno, pero el tiempo iba a desmentir que yo era un idiota. Esto no quiere decir que en mi infancia todo haya sido tristeza. No, no. Yo también, de alguna manera, era un privilegiado. Porque ahí donde la profesora me consideraba un idiota, yo tenia el privilegio de disfrutar de revistas ansiadas por todos los niños, que eran muy pobres y no podían darse el lujo de comprarlas. Entonces, en la escuela, por un lado era considerado un retardado mental por la profesora, pero por otro lado era adulado y buscado y había que ser simpático conmigo para poder leer Pif-paf. Esto me daba una enorme situación de privilegio, pues yo disponía de un tremendo stock de revistas que eran ambicionadas por esos niños, para quienes normalmente resultaban inalcanzables. Yo tenía que cuidarme, claro, de mi padre que era muy severo, y siempre algunas revistas resultaban irremediablemente estropeadas. Eran revistas inaccesibles para esos niños tan pobres. Una revista como Billiken, por ejemplo, era muy cara. Digo esto porque a veces uno tiende a dramatizar. La vida tiene, pues, dos lados. Ni siquiera en la prisión vamos a decir que todo es negro. Yo no sé si esta experiencia que viví en mi infancia, en el puesto de periódicos de mi padre, tuvo que ver posteriormente con mi actividad de editor, tan discutida por los intelectuales del Perú. Con el paso de los años, yo mismo me he asombrado de las ediciones populares que hice, (Festivales del Libro y Populibros Peruanos), de esos tirajes masivos, porque en realidad, y esto ya está probado, para ganar dinero no necesitaba hacer ediciones populares, sino más bien ediciones caras, esto lo sabe cualquier editor avisado. Pero yo arriesgué publicando centenares de miles de libros en un país donde se decía que al pueblo no le interesaban los libros. Y es que entonces yo creía, y sigo creyendo, que un proyecto editorial debe tener un objetivo social. No hay que olvidar que yo fui uno de los primeros en publicar a José Carlos Mariátegui y a José Martí en el Perú. Los autores que aparecieron en esos Festivales del Libro fueron clásicos peruanos: González Prada, César Vallejo, Mariátegui. Me sirvió mucho el haber estado en México, deportado por la dictadura del general Odria, porque ahí puede ver la influencia inmensa que los libros de José Vasconcelos tuvieron en la identificación de los mexicanos con su cultura popular, con sus valores nacionales. Creo que lo que me impulsó a lanzar las ediciones populares fue mi convencimiento de que existía una terrible calumnia contra el pueblo, contra su capacidad y sensibilidad frente al arte y la literatura. Se decía que al pueblo no le interesaban los libros. Y yo sabía, por mi propia experiencia, que no había leído libros porque no tenía capacidad económica para comprarlos, pero no porque no me interesaran. Yo creo que en América Latina, de poder venderse libros, se pueden vender millones si los Gobiernos hicieran algo por apoyar estas campañas. Claro que, por otro lado, vemos que la propia gente de izquierda afirma que el pueblo no quiere comprar libros. No es que no quiera, el caso real es que no puede. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& ¿QUÉ ES LA PATRIA? &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Hay muchas experiencias de mi infancia que después afloran en mi vida, en mis libros. La infancia es como un sedimento que permanece en uno. En mi libro de poesía Las Imprecaciones aparece un poema, (Patria tristísima), que de alguna manera es una alusión a mi infantil visión de la patria, aun cuando esto no era claro ni explícito. Ese poema es también un rechazo, una protesta contra la poesía patriótica con la que nos embutían y se les sigue embutiendo a los niños en la escuela: “Cuando yo era niño/ veía el crepúsculo agitar sus crueles alas/ y le huía por los campos,/ sin saber que buscaba mi boca para gemir;/ pero fui cubriéndome de cuervos,/ mi vida fue cubriéndose de herrumbre,/ fue invadiéndome la noche:/ ahora soy el dolor de mi tierra quebrada.” Y es que la patria peruana está tan llena de espinas, de cosas sangrientas y terribles, que si quisiéramos acariciarla, las manos se nos mancharían de sangre y quedaríamos abrumados por el dolor. Por eso me parece que hasta hoy la poesía patriótica es retórica y falsa. Y me pregunto si en algún momento tuve conciencia de que pertenecía a un país. Es curioso, pero yo no sé hasta qué punto los peruanos sentimos una patria. El hecho de cantar el himno nacional en la escuela no significa absolutamente nada. Esto de la identidad con un país va incluso mucho mas allá de lo que podría decir. En Las imprecaciones hay una crítica frontal, de manera aguda. Pero claro, yo ya había pasado por una experiencia política dura. Ese libro de poesía lo escribí cuando tenía veintisiete años. Pero ahora veo que, en mi infancia, más importantes que las vivencias patrióticas fueron las vivencias religiosas, porque yo estuve interno -y esto casi nadie lo sabe-, en el Colegio Salesiano, de Huancayo. Ahí estudié primero, segundo y tercer años de Secundaria. Y me enviaron a Huancayo porque yo siempre he padecido de asma tenaz, y en Lima pasaba enormes dificultades con mi enfermedad. Mi padre tuvo que hacer tremendos esfuerzos para poder mantenerme en ese colegio religioso, que realmente ellos, mis padres, no podían pagar. La pensión casi igualaba los ingresos de mi padre; para nosotros el colegio resultaba extremadamente caro. Por eso es que me llevó primero para internarme en el Colegio Nacional Santa Isabel, de Huancayo. Pero cómo sería de aterrador el ambiente del internado del colegio, que mi padre no se animó a dejarme. Ya cuando habíamos tomado el tren de regreso a Lima, mi madre tomó una decisión tremenda y nos bajamos en Jauja. Decidió hipotecar económicamente a la familia para que yo pudiera quedarme en el Colegio Salesiano, de Huancayo. En el Salesiano, donde yo estuve ausente de las traumatizantes penurias económicas que pasaba la familia, viví intensamente las experiencias religiosas. Yo he sido siempre un buen alumno. Destaqué mucho en el Salesiano; y en el Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima, donde continué la Secundaria, fui brigadier general, y al final salí entre los diez primeros cadetes de la promoción. Recuerdo que el presidente Manuel Prado, a quien describiría después en Redoble por Rancas, nos felicitó y entregó el premio. Bueno, en los tiempos del Leoncio Prado yo seguía creyendo en Dios. Lo que no recuerdo es cuándo perdí la idea de Dios. Y cuando me han preguntado esto, yo no he podido responder, no tengo una respuesta. En el Colegio Salesiano yo era un alumno que había llegado a ser monaguillo. Ayudaba en la misa, y para mí era una experiencia suprema, tanto que me sentía extraordinariamente feliz. Creo que esos momentos han sido los de mayor y más intensa felicidad y comunión con Dios, al poder tener el privilegio de ser monaguillo, por ejemplo, en una misa cantada oficiada por tres sacerdotes. Era la felicidad más alta. Estas son referencias eclesiásticas a las que aludo en uno de mis libros (La tumba del relámpago), cuando el administrador de la hacienda Retapata dispara a un siervo y hay una misa de tres curas para evitar que muera el indio abaleado. La experiencia de monaguillo y la experiencia terrible del infierno que cada noche se repetía cuando nos exhortaban a no morir en pecado, constituían las vivencias religiosas más intensas. Es ahí cuando tengo el contacto más fuerte y enfermizo con la muerte. Sin embargo, puedo afirmar que mi estancia en el Colegio Salesiano fue muy feliz, como lo fue también mi estancia en el Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima. Y fui un alumno aplicado, tanto que si hubiera optado por la carrera militar, seguramente hubiera llegado a general, como muchos de mis compañeros. No sólo era que nosotros, los primeros cadetes de la promoción, teníamos el ingreso asegurado a la Escuela Militar de Chorrillos, sino que, como por sentido de casta, la formación castrense iba a continuar reproduciendo nuestra situación de ello. Sin duda habría llegado a general, pero se interpuso la Literatura, los libros me indicaron otro rumbo. Porque no sólo fui un alumno brillante, el caso es que, además, era organizador, asumía responsabilidades, y fui invitado por el general José del Carmen Marín Arista (fundador del Centro de Altos Estudios Militares - CAEM, hoy Centro de Altos Estudios Nacionales – CAEN), que entonces era coronel, y por el general Mendoza Rodríguez, que entonces era comandante. Fui invitado a un almuerzo, que entonces, siendo cadetes, constituía un honor excepcional. En esa época yo veía las cosas absolutamente nítidas, y en esa invitación, el coronel Marín y el comandante Mendoza insistieron mucho para que yo ingresara a la Escuela de Oficiales, ya que no me interesaba la carrera militar. Sin embargo, el Colegio Militar Leoncio Prado había sido fundado para ir formando desde casi niños a las futuras elites del ejército peruano. Y seguro que ellos, hasta la fecha, no saben que la culpable de que los mejores alumnos desertaran de la vocación militar fue y sigue siendo... ¡la biblioteca! Parece increíble, pero la influencia de la biblioteca fue determinante en mi caso y en el caso de otros alumnos destacados. Porque, por ejemplo, la lectura de Gorki, Mis universidades, acabó por convencerme de que la carrera militar no era para mí. Y en el Leoncio Prado yo hasta era castigado por leer demasiado, porque retenía los libros de la biblioteca. Entonces, me bajaban el puntaje para dejarme sin salida el fin de semana. Pero yo era buen tirador, un tirador de elite, y como los buenos tiradores estábamos sobrestimados, eso me levantaba el puntaje y siempre tenía salida. Vivía pues, de algún modo, ahí en el colegio militar, una ambivalencia, pero no podría decir que fue una experiencia ingrata. Alguna vez, un crítico francés me preguntó si la presencia del Mito en mis obras no era una especie de búsqueda y recuperación de Dios, o la creencia religiosa que yo ya había perdido. A mi me pareció una observación a la cual yo no podía responder fácilmente. Porque creo que la muerte de la creencia en Dios anunciada de manera prematura por la filosofía, sólo nos ha llevado a vivir en una soledad metafísica esencial. La frase tremenda de Nietzsche, "Dios ha muerto", nos deja anonadados. Yo he estado revisando no mi posición atea, porque no es que yo tenga una posición atea, sino que estoy repensando el problema, porque la matemática, la física contemporánea, me mueven a pensar que los argumentos de la filosofía son insuficientes, como, por ejemplo, lo que nos dice Kant en la Crítica de la razón pura. Me parece, pues, que hay algo válido cuando se dice que el Mito es una forma de querer recuperar a Dios. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& AUTORES, INFLUENCIAS Y POLÍTICA &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& En cuanto a mis primeras lecturas de iniciación, no de descubrimiento, pues eso había ocurrido en la infancia cuando me asomé a las páginas de la revista Leoplan, puedo decir que empecé a leer a los novelistas rusos, luego a Balzac, Flaubert. Mi contacto con estos libros me va a cambiar definitivamente y me va a llevar a la política. ¡Qué extraño! Me parece que entre literatura y política hay un vínculo invisible, pero muy fuerte. Eran los años finales del primer gobierno de Manuel Prado Ugarteche, y en el Colegio Militar Leoncio Prado, pese al rígido control castrense, aparecen las primeras células clandestinas del APRA y del Partido Comunista. Yo integro una de las células clandestinas del APRA antiimperialista. Y podría decir que frente al ofrecimiento de convertirme en un militar de elite ingresando a la Escuela de Oficiales de Chorrillos, opté por no optar, no elegí nada. Fui a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de Lima, en el Parque Universitario. Ahí me dediqué fundamentalmente a vivir intensos amores imaginarios con algunas muchachas hermosas que iban a la universidad. Habían comenzado a asomar algunos poetas jóvenes. Ahí estaban Francisco Bendezú, con su indumentaria de compadrito; Alberto Escobar, que ardía de lirismo; Pablo Macera, que ya se inclinaba por la Historia, pero amaba también la poesía; Rodolfo Milla, que era un personaje mitológico. En esos momentos nos impresionaba la poesía de Eielson, la poesía de Martín Adán, a quien yo había conocido en el manicomio. En esa época yo tenía dieciocho años y me imaginaba que Martín Adán sentía la necesidad de conversar con alguien de literatura, aun en el manicomio. Martín Adán vestía siempre un traje negro, más o menos bien, y se sentaba en uno de los pequeños parques que hay cerca del Pabellón Nº 2, en ese lugar de paz maravillosa que para mí es el manicomio, esa especie de poblado en el cual hay avenidas. El parque estaba cerca de la panadería donde trabajaba mi padre, y cuando yo pasaba, divisaba a Martín Adán sentado, como esperando a alguien, y yo me acercaba para escuchar la lectura de sus poemas, muy atento, porque sabía que después me iba a preguntar mi opinión. Él sabía que yo era estudiante. Después, ahí, en el mismo manicomio, conocí a un hombre muy humilde, muy bueno, muy afectuoso, que vivía como pidiendo disculpas; era el poeta Valle Goicochea. Entreví también, en el mismo lugar, la figura de Francisco García Calderón. Pero el manicomio es un lugar muy especial. Yo no he vivido la experiencia como loco; sin embargo, estaba dentro y reconocí que ni los locos más furiosos constituían peligro alguno para los niños. Los niños tienen el derecho de paso y respeto entre los locos. Es una cosa que siempre me ha llamado la atención. Lo que me golpeó mucho fue ver el caso de los que mueren abandonados por la familia. Recuerdo, y eso está en esas rayas de locura que atraviesan mi obra, que tenía que pasar todas las noches por el mortuorio, y siempre encontraba un muerto cubierto con una sábana. Esas ráfagas de locura están presentes no sólo en mi obra, sino también en mi propia persona, en mi propia vida. Sin embargo, como ya dije antes, no todo era sombrío. Ahí, en el manicomio, también tuve experiencias muy gratas. Como mi padre ya era jefe de la Panadería, yo disponía de pan a mi gusto, un pan especial. Y en Navidad, cuando los humildes veían con más claridad los abismos de la pobreza, yo tenía panetones a pesar de que no éramos ricos. Y cuando tuve esas conversaciones con Martín Adán, claro, yo era muy joven, pero ya había tenido algunas lecturas importantes. Había leído a Marcel Proust en una traducción, y recuerdo que hasta escribí un articulito titulado La idea del arte en Marcel Proust, artículo que salió en Publicaciones El Pueblo que dirigía Carnero Hocke, y que después yo he buscado afanosamente, porque es bastante exacto. No entiendo bien cómo, en el fragor de la lucha política, nos dábamos tiempo para hablar de Proust. Martín Adán era un hombre de una cortesía notable, de una cortesía absolutamente principesca. Mientras estaba en el manicomio no bebía, pero a veces salía a beber a la calle, y entonces regresaba completamente ebrio, porque él encontraba ahí un lugar de paz. Y sostenía que los locos estaban afuera y que el manicomio era el lugar perfecto de la auténtica cordura. Hoy que veo lo que es la vida, pienso exactamente como Martín Adan, y puedo suscribir su afirmación, pero la suscribo con la dolorosa melancolía que ya he vivido, porque Martín Adán era menor que yo cuando afirmaba eso -porque ahora yo tengo cincuenta y cinco años-, y siento verdaderamente que los locos están afuera y los hombres más sensatos están en el manicomio. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& MILITANCIA POLÍTICA: DEL APRA A LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& La militancia política en esa época significaba convertirse en un conspirador. Yo ya había estado vinculado a la política desde el colegio militar, en donde formaba parte de la célula clandestina del APRA. Y pertenecer, dentro del Leoncio Prado, a una célula política constituía verdaderamente un riesgo. Eso se tomaba como un propósito subversivo y una frontal amenaza contra las Fuerzas Armadas. Los miembros de la célula éramos, en potencia, el General que el APRA siempre estuvo buscando. Todos en la vida podemos tener determinados caminos, pero el hecho es que no los seguimos: esto lo digo con respecto a la posibilidad que tuve de seguir la carrera militar. Aquí también se plantea el problema del azar, que tanta presencia tiene en mi último libro (La danza inmóvil). Lo que sucede es que somos como los astros, o como los barcos, que el más pequeño cambio de timón los lleva a destinos completamente diferentes al que buscaban. En el mar, como en la vida, un ligero cambio de ruta es fatal o vital. Mi experiencia política, que la he mantenido siempre y que la mantendré hasta el final como preocupación esencial de vida, tiene su origen en las situaciones de abuso, de miseria que he visto, primero en mi propia familia y luego en los pueblos en los que me ha tocado vivir. Situaciones de extrema pobreza, de miseria extrema, de impotencia, de injusticia; todo esto me empujó a la decisión de hacer algo y de actuar políticamente. Al APRA ingreso por mediación de un compañero que luego fue dirigente muy conocido. Me refiero a Luis Alvarado. Pero, claro, en el campo de la política peruana hay tres Luchos Alvarado. En este caso se trata del famoso corredor de autos, abogado, hijo del aún más famoso Arnaldo Alvarado. Este Luis Alvarado ya era aprista, por su padre, y estaba en el Colegio Militar. Él fue el primero en hablarme. La dictadura de Manuel Prado ya se tambaleaba, estábamos en 1943, pero aun así era muy peligroso, muy delicado hablar de política en el colegio, pues en ese caso estábamos violando el Código Militar. Recuerdo que la primera reunión la tuvimos en el estadio del colegio. También aprovechábamos las guardias, cuando coincidíamos. Era muy peligroso. Y luego vemos que este trabajo político va a repercutir hasta 1948, cuando la revolución que debía desencadenar el APRA es traicionada por los dirigentes apristas. Y en el intento revolucionario de 1948, justamente uno de los objetivos que no se logran ejecutar, es la toma del Arsenal del Colegio Militar Leoncio Prado. Este objetivo me fue encomendado a mí, porque yo, como exalumno del Colegio Militar, conocía el terreno. Y ese era el único lugar del Perú en donde había novecientos fusiles inermes, que se podía entrar y sacarlos. Era muy fácil tomar el Colegio Militar, eso no era tomar la División Blindada. Nosotros estuvimos esperando que llegaran quienes tenían que dar la orden. Estábamos con los compañeros del sector de Magdalena y otros grupos. El operativo lo tenía que dirigir yo, porque yo conocía cómo era el movimiento de vigilancia en el interior del colegio y del pequeño cuartel adjunto. Era una guarnición reducida, fácil de neutralizar, y luego estaba el parque de novecientos fusiles. Pero la persona que debía dar la orden nunca llegó. La dirigencia aprista había, pues, traicionado el levantamiento. Entonces, como decía, mi ingreso al APRA se debió a Luis Alvarado. Fue un proceso lento. Varias reuniones, conversaciones, hasta que me convencí de la necesidad de una militancia política, pese al riesgo que significaba activar en el seno de un colegio militar. Constituimos una célula bastante numerosa, y trabajábamos y nos manteníamos en contacto con el partido. Pero en eso llegaron las elecciones de 1945 y fue electo presidente José Luis Bustamante y Rivero, con el apoyo del Apra, y ya no hubo más problemas de clandestinidad, sino al contrario, el APRA ya era legal y nosotros podíamos hacer casi un trabajo abierto. Mi ruptura con el APRA está expuesta en un documento que se publicó en el diario El Popular, de México, que dirigía Lombardo Toledano. Ese documento apareció el día en que Haya de la Torre salió de su asilo de la Embajada de Colombia en Lima, que había durado varios años, y llegó a México. Entonces, yo publiqué ese documento que se titula Good bye mister Haya, en el que expresaba todas las críticas que había ido planteando a lo largo de mi militancia en el APRA, sin ser oído. Esto debe haber sido en 1963. Las bases de mi militancia en el APRA comenzaron a resquebrajarse en 1948, cuando los dirigentes no llegaron a la hora de la verdad y nos abandonaron en el puesto de lucha. En 1948 yo estuve listo en dos oportunidades para tomar las armas. La segunda vez fue el plan para asaltar la Escuela Militar ¡de Chorrillos, operativo que estaba a cargo de Guillermo Carnero Hocke, pero nuevamente la dirigencia aprista traiciona el movimiento. Este tipo de situaciones resulta frustrante. Yo había leído libros en los que se analiza el miedo. Dicen que unos tienen miedo antes de la batalla, otros en el momento de la batalla, y no faltan quienes son estremecidos por el miedo después de los hechos. Yo recuerdo que me sentía tranquilo y en calma, y le digo a Guillermo, mostrándole el pulso: ¡No hay miedo, mira!; y él me contesta: ¡No digas cojudeces, por favor! En 1948, después del golpe de Odría, vino una redada, y como yo era conocido como dirigente universitario, y había publicado en La Tribuna, el vocero del APRA -aunque lo que había publicado eran poemas-, fui detenido y enviado a la Prefectura. Ahí tuve mi primer contacto con la prisión y sufrí también uno de los desengaños más duros de mi vida política. Yo tuve en la prisión un ataque de asma que me puso al borde de la muerte. Entre los apristas que estábamos presos habían dos tendencias. Yo me estaba muriendo y el único médico que había ahí, también preso político aprista, se negó a auxiliarme... porque yo era de la tendencia opuesta. Ese fue para mí uno de los golpes más terribles que he recibido en mi vida. Se me quebró el mundo de la patria unida. Me pareció que ya no tenía sentido hacer una revolución. Si un compañero de partido no había querido ayudarme cuando me estaba ahogando, qué podía esperar. Entonces, empecé a convertirme en un hombre solo. Esta experiencia traumatizante la he recogido después en La danza inmóvil, en el personaje Nicolás. Yo entré al APRA porque tenía una visión mitológica de ese partido, una visión que no correspondía a la realidad. Yo creía que el APRA iba a hacer una revolución. Esa fue la razón por la que ingresé al partido de Haya de la Torre. Pero, teóricamente, podría decir que tenía cierto nivel de lecturas marxistas. En Buenos Aires leí El capital, y cierta sequedad que se nota en mi libro Las imprecaciones es producto de esa lectura. Estando en el APRA siempre tuve en cuenta la obra y el magisterio de José Carlos Mariátegui, y esto ocurría en la práctica con muchos apristas. Entonces, cuando en 1963 rompo definitivamente con el APRA, ya estaba preparado para un trabajo militante en la Izquierda. Y este es un camino arduo al que más adelante quisiera referirme con detenimiento. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& NOTAS / En cursiva y paréntesis / Jaime Guadalupe Bobadilla